miércoles, 7 de noviembre de 2018

CASAS DE BARRO

 Nido de Golondrina Común.

Cuando se llega a cierta edad  parece casi obligado repasar mentalmente las diferencias entre el mundo que tenemos ahora y aquél en el que vivíamos de niños. Una de las mayores diferencias que yo más he acusado en estos últimos cuarenta años, es la que ha experimentado la población de Golondrinas, esas pequeñas aves de pico corto y aplanado, alas largas y estrechas y patas cortas, antaño abundantes el medio rural en que me crié. Unas aves que conforman una de las familias mejor definidas, con 89 especies repartidas por todo el mundo, cinco de las cuales habitan en la Península Ibérica, y dos de estas se encuentran áltamente vinculadas a los ambientes antropógenos: la Golondrina Común (Hirundo rustica) y el Avión Común (Delichon urbica). Ambas ellas se alimentan de pequeños insectos que cazan en vuelo, y construyen sus nidos a base de pequeñas bolas de barro; un trabajo increíble y laborioso, que repiten cada año, en especial las Golondrinas que también están más ligadas a edificaciones aisladas; en cambio los Aviones tienen más preferencia por nuestros pueblos y ciudades y con bastante frecuencia reutilizan nidos viejos y a veces superponen sus nuevas construcciones creando moles considerables.

 Golondrina Común cogiendo barro para construir su nido.

Aviones Comunes cogiendo barro para la construcción de sus nidos.

Decía que hace tan solo unas décadas, las poblaciones de Golondrinas y Aviones eran tan abundantes que en determinados lugares era frecuente observar agrupaciones de cientos de nidos, y que con sus habituales sonidos y su trajín de un continuo ir y venir, alegraban nuestros pueblos y casas de campo, siendo respetadas, admiradas y consideradas grandes aliados de la especie humana, por la enorme cantidad de insectos que consumían.

Nidos de Avión Común.

 Nido de Golondrina Común.

Aunque todavía es fácil observar a Golondrinas y sobre todo Aviones en Primavera y Verano, quienes tuvimos la suerte de conocer grandes colonias a finales de los años setenta, quedamos horrorizados al comprobar que en cuarenta años la mayoría de esas enormes agrupaciones, sobre todo en el caso de las primeras, han desaparecido, o en el mejor de los casos han quedado reducidas a una mínima expresión. Como ejemplo quiero citar el de tres cortijos de La Serena en los que allá por 1.978 fueron censadas más de cien parejas, y en los que este año, en uno de esos lugares sólo quedaban dos, y en los otros dos habían desaparecido. Y no es que nuestra región sea un caso especial, ya que en otros lugares del territorio español la situación es similar o incluso peor.

 Grupo de Aviones Comunes posados en cable en un pueblo de Extremadura.

Las causas de semejante declive de Golondrinas y del descenso de los Aviones parecen apuntar al hombre directa o indirectamente. En primer lugar, las edificaciones de hace décadas contaban con mejores accesos para ellas, y permitían una fácil ubicación de los nidos; en todos los cortijos y en las casas de nuestros pueblos eran frecuentes las cuadras y caballerizas, así como soportales y porches interiores. La mayoría de esas estancias han sido remodeladas impidiéndoles el paso; y mientras que en épocas pasadas la presencia de estas aves en una casa era considerada una suerte, y además de tranquilidad incluso se les ofrecía protección, en la actualidad se valora más la “pulcritud” y estas aves son consideradas una molestia por ensuciar paredes y suelos, y a veces sus nidos son destruidos, incluso en plena época de cría. Si este tipo de acciones cuando se realizan a nivel particular resultan vergonzosas y reprobables, cuando tienen lugar en centros públicos como colegios e institutos, la actuación de los responsables es por completo bochornosa y debía ser penada de forma severa.
 
Golondrina Común cebando acudiendo al nido para cebar a sus pollos.

Pero quizá la principal causa de la regresión de estas aves sea el creciente uso de plaguicidas en la agricultura, que les priva del alimento necesario en la época de reproducción. Tampoco se conoce con exactitud la situación de estas aves durante la invernada en el continente africano, donde la extrema pobreza y las hambrunas hacen que muchas personas encuentren en la fauna salvaje su único sustento.  

Golondrina Común cebando a sus pollos.

Olvidándonos del aspecto pintoresco, con la disminución de estas aves estamos perdiendo a unos excelentes aliados. Y es que el consumo que hacen de insectos voladores es realmente impresionante. Sería muy difícil cuantificar su ingesta diaria de insectos, pero algunos expertos han calculado que durante la reproducción, una pareja de Golondrinas, por término medio ceba 120 veces al día a sus vástagos. Analizando la composición de las cebas, cada una cuenta con 12 insectos de media, y ello cada día de los 20 que los 4 pollos permanecen en el nido, en cada una de las 2 crianzas. Así las cosas, 120 x 12 x 20 x 4 x 2 = 230.400 insectos. Y esto es solamente los que comen los pollos durante su estancia en el nido. Si tenemos en cuenta que cada pareja suele sacar dos y hasta tres polladas por año, y si además sumamos el consumo de esos adultos desde su llegada hasta su marcha, el total de insectos es sencillamente sorprendente. Está claro que los beneficios que nos reportan están muy por encima de lo que ensucian, y bien merecen nuestra protección.

 Golondrina Común en posadero.

martes, 5 de diciembre de 2017

CIELOS DE EXTREMADURA

Con tan peculiar título, vuelvo a subir una entrada a este mi blog, después de un considerable tiempo "de vacaciones" si bien he estado más ocupado de lo que quisiera con otros menesteres.
Y después de un tiempo en el que he mostrado lugares lejanos, vuelvo con gran satisfacción y orgullo, con una entrada sobre mi tierra, cuyo título coincide con el del libro recientemente publicado por la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura en colaboración con la Fundación Xavier de Salas. Un año más estas dos entidades han aunado esfuerzos para sacar adelante una magnífica obra sobre Extremadura, en la que como otros muchos blogueros extremeños, he tenido la oportunidad de participar.
Lo que presento aquí es mi aportación al libro, cambiando algunas imágenes, pero conservando el texto. Para quien no se haya percatado aún, mi aportación se ha centrado en la Luna llena.


La Luna, nuestra eterna compañera.

La Luna, además de ser nuestro satélite natural y leal compañera de viaje a través del espacio, ha sido desde el principio de los tiempos una referencia crucial para la humanidad, habiendo tenido gran importancia en todas las culturas que se han desarrollado a lo largo y ancho de nuestro planeta. Es fundamental para explicar la vida en la tierra, cumpliendo una función gravitacional que se traduce en el comportamiento de las mareas, el desarrollo de los cultivos, e incluso en la conducta de los animales y hasta de las personas.


Podríamos en estas líneas hablar de datos como su variable distancia a la tierra, su tamaño, sus distintas fases, la peculiaridad de tener una cara visible y otra oculta, o del hecho constatado que se trata del lugar más alejado visitado por el hombre (y al tiempo el lugar más lejano donde este ha dejado basura) pero no. Vamos a centrarnos en la luna llena, y en cómo afecta a animales y personas.
Las noches de plenilunio hacen que muchos animales se vuelvan inquietos y tímidos, principalmente por su mayor vulnerabilidad a los depredadores, al tiempo que sus ritmos de sueño se ven interrumpidos por la luz, provocándoles cansancio, irritabilidad y hasta cambios de comportamiento. Algunos grandes felinos que suelen descansar durante el día y usar las horas nocturnas para cazar, se encuentran con que en esas noches sus presas están más alerta, y por ello cambian con frecuencia sus hábitos buscando el alimento durante el día, cuando el cansancio empieza a hacer mella en las presas.
Está constatado además, que los animales domésticos sufren un 25% más de accidentes mientras dura el periodo de mayor iluminación lunar.



Por lo que respecta a los posibles cambios en el comportamiento de las personas, se han llevado a cabo miles de estudios e investigaciones científicas alrededor del mundo en las que se han analizado las posibles conexiones entre la Luna llena y ciertas acciones humanas, tales como nacimientos, muertes, accidentes, ataques cardíacos, y sobre todo suicidios y otros actos de violencia que desde muy antiguo solían relacionarse con la Luna llena... pero pocos por no decir ninguno de esos estudios pudieron encontrar una conexión, y en todo caso esta fue de escasísima relevancia. Los únicos que muestran una correlación significativa son los que atribuyen al astro una influencia clara sobre la estructura del sueño en nuestra especie, incluso desconociendo la fase y permaneciendo privados de su luz.





Son innegables sin embargo las manifestaciones artísticas que las noches de luna llena han inspirado a lo largo de la historia. No podemos saber si las primeras muestras de arte rupestre se llevaron a cabo por influencia de la Luna, y si esos primeros artistas de la historia mitigaron de tan peculiar forma su falta de sueño, pero lo cierto es que la Luna llena tiene una especial mística y nos produce cierto grado de encanto, de fascinación,… de embrujo. Por más rigor científico que tengamos, hay algo en la Luna llena que llama nuestra atención de inmediato, que nos cautiva, que nos resulta peculiar y a la vez agradable, hermoso, admirable… Debe ser por eso que la Luna llena ha sido una fuente recurrente de inspiración en las artes. Desde personajes como el insigne Ludwig van Beethoven a otros muchos compositores clásicos, pintores, escultores, escritores, poetas, y otros artistas más recientes han manifestado de alguna manera la atracción que la Luna llena les producía y la influencia de esta en sus obras.






Pero sobre todo la Luna llena es motivo de inspiración para fotógrafos de todo tipo; paisajistas, naturalistas, fotógrafos urbanos,… todos encontramos en ella una fuente de inspiración, que en no pocas ocasiones nos lleva a maldecir esas nubes que a menudo nos impiden captarla en esos escasos momentos en que muestra todo su esplendor.



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miércoles, 22 de marzo de 2017

Malvinas, Tierra de Pingüinos

Primer plano de Pingüino Rey al atardecer. Isla Saunders.

Hace ahora justo un año (hay que ver cómo pasa el tiempo) que regresé de un viaje a las Islas Malvinas durante diez días, en mi regreso desde la Antártida. Y si el lugar en sí puede considerarse remoto, en concreto tal día como hoy me encontraba en una isla que lo era más aún, disfrutando plenamente de la naturaleza, con toda una isla para mí solito. La isla a la que me refiero es Saunders, una de las aproximadamente setecientas que forman el archipiélago de las Malvinas. Hablaré de Saunders en otra entrada, pues bien lo merece, y también de otras islas que visité, y a las que accedí desde Stanley (la capital) en una avioneta del servicio aéreo FIGAS, medio habitual de transporte por aquellos lares. Voy a comenzar esta historia malvinense hablando de Pingüinos, aves que siempre me han llamado la atención, y que fueron uno de los motivos por los que hice semejante viaje.
Colonia de Pingüinos Rey de Volunteer Point.

Hasta hace unas décadas miles ovejas que pastaban de forma extensiva y un número mucho menor de vacas que además de hacer lo propio acudían a las playas para alimentarse de kelp, conformaban la base económica de los isleños, y eran más que suficientes para permitirles vivir, aunque de una bastante austera. Sin embargo la caída de los precios, especialmente el de la lana, complicaron las cosas. No obstante, de forma paralela se empezó a extender por aquél archipiélago un turismo dedicado a la observación y a la fotografía de aves que ha terminado por convertirse en una importante fuente de ingresos para buena parte de los isleños. Podría decirse que las aves, especialmente los pingüinos, han acudido al rescate de aquellos aislados habitantes.

Enclave conocido como "The Neck" (El Cuello) en Isla Saunders. Un lugar increíble donde pueden verse 4 especies de Pingüinos además de muchas otras aves marinas.

Cinco especies de Pingüinos (más que las que pueden verse en la Antártida) están presentes en Malvinas, así como otras muchas especies de aves de las que los visitantes pueden disfrutar en plena libertad a una distancia que nos hace pensar que estamos en un zoológico. La fauna allí no se asusta del ser humano. ¡Parece mansa! La razón es que allí la caza no existe, y cuando preguntas por el motivo te responden sencillamente que no es necesario para vivir. Cuando tú respondes que aquí se hace por “diversión” y “deporte” se ponen las manos en la cabeza.

Pingüino Papua aportando elementos de construcción a su nido. Isla Saunders.

Es una bendición que los malvineses consideren la caza exclusivamente como un recurso para situaciones de necesidad, algo que para ellos pertenece al pasado. Y es que la relación de los isleños con la fauna no siempre fue tan cordial. Antes de que los colonos británicos (como les gusta llamarse a sí mismos los habitantes de aquellas islas) se asentaran en tan alejado lugar, ya lo habían hecho los españoles, quienes tuvieron que ingeniárselas para sobrevivir con grandes limitaciones, aunque al final su aventura no prosperó y abandonaron el lugar sin apenas llegar a emplear los recursos naturales que aquellas tierras podían proporcionarles. Esa debió ser una de las razones por las que no prosperó aquella colonización, en una tierra en la que la climatología es por completo inclemente, con fuertes vientos casi constantes, frecuentes lluvias y temperaturas medias bastante bajas, condiciones todas ellas que impedían el desarrollo de la actividad agrícola. Por tal motivo, los primeros colonos españoles y Gauchos Uruguayos, pero sobre todo los británicos que acudieron más tarde, tuvieron que centrarse en la ganadería extensiva, si bien la pobreza de los pastos hacía necesario establecer en granjas de gran superficie, muy alejadas unas de otras y con difícil acceso.
Pingüino de Magallanes en la puerta de su madriguera.

Esas mismas condiciones climáticas antes indicadas, habían hecho inviable la existencia de vegetación arbórea a la que los humanos recurrimos habitualmente para la obtención de combustible. Sin embargo los recién llegados descubrieron en seguida otro combustible especialmente abundante en aquellos parajes: la turba. Si bien su extracción era laboriosa y su secado lento, durante más de un siglo hizo su función, permitiendo a aquellas gentes calentar sus viviendas, cocinar y en definitiva soportar mejor las inclemencias del tiempo. Solucionado ese problema, y con las provisiones que trajeron consigo a punto de terminarse, era necesaria la obtención de recursos alimenticios. Y los colonos británicos vieron colmadas sus necesidades en los recursos naturales que aquellas islas ofrecían. Emplearon para alimentarse las abundantes y enormes algas marinas conocidas como Kelp (de ahí el nombre de “Kelpers” que algunos foráneos les dieron de forma un tanto peyorativa). Pero también lo hicieron a base de la abundante fauna que acogían las islas: Gansos, Patos, Albatros, Cormoranes, Gaviotas, Skuas, Ostreros, Chorlitos, … y sobre todo Pingüinos.
Pingüino Saltarrocas acicalándose. Isla Saunders.

Todas esas aves eran muy abundantes, y no tuvieron el menor reparo en aprovecharse de ellas. Siendo los pingüinos los más accesibles por el hecho de no poder volar, y al mismo tiempo los más abundantes, se convirtieron en una fuente casi inagotable de carne, huevos, finas plumas para colchones y edredones,… y también de aceite, de gran utilidad para iluminar sus viviendas.
De forma paralela algunas compañías se habían dedicado a la caza de Elefantes Marinos y Focas para la obtención de aceite que dedicaban a la exportación. La actividad carecía de todo control y así entre los años 1855-1860 la población de los primeros estaba casi extinguida, mientras que las segundas eran escasas.
Pingüino Rey incubando su huevo. Para evitar que se enfríe lo mantiene todo el tiempo sobre sus pies, evitando el contacto con el suelo.

Durante años los Pingüinos contribuyeron a la supervivencia de los granjeros sin que sus poblaciones sufrieran considerables mermas. Pero una vez agotados los fócidos, las compañías aceiteras, alentadas por negociantes establecidos en Stanley (única población urbana), empezaron a pensar en los abundantes pingüinos como negocio sustituto de los mamíferos, y así dio comienzo lo que se terminaría por convertir en una auténtica masacre.
Paraje conocido como "Rockery" en Isla Saunders, donde se encuentra una de las colonias de Pingüinos Saltarrocas más grande del archipiélago. Cuando regresan del mar y tras escalar un enorme acantilado, los Saltarrocas se dan una ducha en esta cascada para eliminar la sal marina de sus plumas.

Si antes el número de capturas se limitaba a las necesidades de los granjeros, que aprovechaban al máximo las distintas partes de aquellas aves, el interés de los cazadores profesionales se centraba exclusivamente en el aceite, destinado no sólo a iluminar la capital malvinense, sino también a la exportación.
Colonias enteras fueron exterminadas, y la población global, que se estimaba en varios millones de aves, llegó a reducirse a tan solo unos pocos miles. Especies como el Pingüino Rey, el de mayor tamaño y por tanto el “más aprovechable” (de él extraían hasta 2 litros de aceite) vio reducidos sus efectivos a tan solo 25 ejemplares en torno a 1930. Otro gran damnificado fue el Pingüino Papúa que redujo igualmente sus efectivos a sólo unos centenares.

Vieja marmita de hierro empleada hace décadas para hervir los Pingüinos y extraer su aceite. Isla Saunders.

Fue sin embargo el Pingüino Saltarrocas o “de Penacho Amarillo” el más perjudicado con pérdidas que se estiman en cifras escalofriantes. Aunque no se conocen con exactitud el número de estas aves que fueron masacradas, Ian J. Strange, autor del libro “Wildlife of the Falkland Islands and South Georgia” ha conseguido recopilar alguna información que nos sirve para hacernos una idea de la magnitud de aquellas matanzas. Según este hombre, en la temporada 1862-63 fue cuando dio comienzo la caza masiva de Pingüinos para la obtención de aceite, y entre 1864 y 1866 fueron embarcados en el puerto de Stanley un total de 63.000 galones de ese aceite (283.500 litros). Teniendo en cuenta que para la obtención de un solo galón eran necesarios ocho Pingüinos Saltarrocas, sólo en esos dos años fueron cazados más de medio millón. Obviamente los años siguientes fueron “menos productivos”, una vez agotadas las colonias más numerosas y las más accesibles, si bien el trabajo de exterminar Pingüinos para extraer su aceite continuó en auge, de tal forma que entre 1876 y 1880 se exportaron 39.776 galones, correspondientes a otros 320.000 Pingüinos Saltarrocas. Strange calcula que en los primeros 16 años de explotación masiva fueron eliminados 1,5 millones de Pingüinos, la mayoría de ellos pertenecientes a la especie “Saltarrocas o de Penacho Amarillo”.
La forma de obtener el aceite de aquellas aves era por completo despiadada. Eran arrojados vivos a una marmita de hierro donde se les hervía durante horas.
Pingüino Macaroni. Paraje: Kidney Cove.

Si la obtención de aceite hizo verdaderos estragos entre las poblaciones de Pingüinos malvinenes, la recolección de huevos fue otro importante problema para las poblaciones de esas aves y de otras como los Albatros. Aunque la cantidad consumida por los granjeros no debió ser demasiado alta, existe constancia de una considerable demanda por parte de los marineros que recalaban en aquellas islas. Tras idear lo que parece ser un sistema de conservación bastante simple pero efectivo, los navegantes expresaban su preferencia por esos huevos sobre los de gallina. El proceso de conservación consistía en sumergir los huevos en aceite de foca y embasarlos después en barriles con arena seca. De esa manera podían mantenerse unos nueve meses.
Grupo de Pingüinos Rey caminando hacia la playa. Volunteer Point.

Por fortuna, desde principios del siglo XX surgieron acciones de conservación en las islas Malvinas, promovidas tanto desde el exterior como desde los propios habitantes isleños. En pocos años se llegó a la prohibición de la caza, si bien no se empezaron a realizar controles para conocer el estado de las colonias hasta los años sesenta.
Aquí se ve el tamaño de la marmita pingüinera. Tamaño estandar usada en África para exploradores.

En los años siguientes, si bien las masacres comerciales habían cesado por completo, muchos granjeros continuaron iluminándose con aceite de Pingüino y empleando su carne y plumas como lo habían hecho sus antepasados, en ausencia de otros recursos debido al aislamiento y a la falta de inversiones por parte del gobierno británico. Tuvo que ocurrir un conflicto bélico para que todo cambiara.
La guerra entre argentinos y británicos por el control de las islas allá por 1.982 supuso un antes y un después en lo referente a la conservación de los Pingüinos y otras aves de las islas Malvinas. Mucho se ha hablado, y es notorio, que la presencia de campos minados, especialmente junto a zonas de costa, han dejado aisladas a importantes colonias que en los últimos treinta y cinco años han proliferado sin ningún tipo de presión ni injerencias humanas. Pero ha sido sobre todo la política británica de subsidiar a los isleños y realizar grandes inversiones la que ha hecho innecesaria la caza de Pingüinos para obtener su aceite. Con el acceso a combustibles fósiles por el 20% del precio que se paga en la metrópoli, los malvinenses han optado por la electricidad frente al aceite para iluminarse, y por el gasóleo y gas para calefacción en lugar de la trabajosa turba. Las Malvinas se vienen promocionando en los últimos años como un destino turístico de gran relevancia para los amantes de la naturaleza, y la fauna salvaje se presenta como el principal recurso turístico, estando la práctica totalidad de colonias de aves y mamíferos incluida en una serie de reservas privadas cuyos propietarios permiten el acceso a cambio de un precio, lo que les permite desarrollar y promover la conservación de las aves. Todo un modelo de conservación digno de admirar e imitar.
Por extraño que pueda parecer, otro de los reclamos turísticos que se ofrecen en Malvinas son los escenarios de guerra, en los que guías especializados relatan los pormenores del conflicto mientras muestran escenarios bélicos, restos de aeronaves derribadas y hasta cochambrosos bunquers donde es posible encontrar viejos pertrechos abandonados, abundantes casquillos de bala e incluso proyectiles aún sin percutir.
Campo de minas próximo a Stanley. Al otro lado de la valla sólo han pisado Pingüinos en los últimos 35 años. Una forma bastante curiosa de establecer una reserva.

Ni una sola vida de las casi mil que se perdieron en aquél absurdo conflicto puede servir para justificar los cambios sociales y medioambientales que han experimentado las Malvinas en las últimas décadas, pero tuvo que ocurrir esa guerra para que tuvieran lugar. Así de absurdo es el comportamiento humano.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Svalbard, primera parte

Reconozco que tengo este blog bastante abandonado en lo referente a actualizaciones. Y ello no se debe a que no disponga de material e historias nuevas que contar; curiosamente es por lo contrario. A ver si consigo explicarme: este año he cumplido dos de los sueños más importantes que tenía en mente desde hace tiempo, como eran visitar la Antártida y también el Ártico. Las circunstancias han querido que haya podido realizar ambos viajes en un mismo año, y ello me ha saturado bastante. La enorme cantidad de imágenes capturadas y las increíbles vivencias que he experimentado me han dejado durante un tiempo centrado en otras cosas, y en todo caso limitándome a reflexiones personales, y aunque he contado muchas historias tanto a amigos y familiares como en algunas charlas, faltaba ponerlas por escrito.
Consciente de lo mucho que todavía quiero contar sobre la Antártida y zonas aledañas, voy a dar un salto para hablar en esta ocasión del ártico. Y voy a comenzar con una entrada sobre los hombres y mujeres que se abrieron paso en tales tierras cuando además de ser salvajes eran poco accesibles.


Restos de instalación ballenera para la captura de Belugas. Imagen ganadora del Segundo Premio de Fotografía Ciudad de Badajoz, edición 2016.


Svalbard y la figura del trampero.

 Solitario, huraño, tenaz, rudo, inclemente,... en ocasiones perseguido por la justicia. El trampero fue uno de esos personajes que de algún modo caracterizó los tiempos que se vivieron allá por los siglos XIX y principios del XX, y que puede considerarse clave en lo referente a la exploración de terrenos árticos desconocidos hasta entonces.

La imagen que hoy tenemos de estos personajes suele ser negativa, habida cuenta de la ingente cantidad de animales que sucumbieron ante sus manos, así como al hecho de que lo hicieron por puro negocio, llegando a esquilmar algunas poblaciones de animales.

No debemos caer sin embargo en el error de juzgar lo que otros hicieron hace décadas e incluso cientos de años. Y no debemos hacerlo por dos razones principales; la primera de ellas porque la visión que se tenía entonces de los animales como recurso, y la necesidad de usar sus pieles como prendas de abrigo eran completamente diferentes a las actuales, en las que existe un mayor grado de concienciación conservacionista derivado de una mayor información, así como una tecnología textil que supera el abrigo proporcionado por las pieles y las hace innecesarias. Y la segunda porque el daño que aquellos tipos pudieran causar a la fauna en el pasado fue una nimiedad comparado con el que se causa hoy, debido a cuestiones tan diversas como el calentamiento global, la desproporcionada generación de resíduos, la deforestación, el agotamiento de los recursos naturales, o incluso la globalización, mediante la que grandes compañías se adueñan de los derechos que eran públicos y hacen que los trabajadores vean reducidas sus condiciones laborales, económicas y sociales. No estamos por tanto ni mucho menos “libres de pecado”, y en consecuencia no somos dignos de juzgar comportamientos pasados, y en definitiva no estamos legitimados para hacer de jueces.
Perdiz Nival.

Personalmente soy contrario a cualquier tipo de maltrato animal, aun sabiendo que tampoco estoy libre de pecado, y por tal motivo voy a intentar tratar este tema con toda la imparcialidad que me sea posible. De igual modo me voy a centrar en los tramperos que llevaron a cabo su tarea en el archipiélago de Svalbard, lugar que he visitado recientemente.

Restos de cabaña y de letrina.

¿Cómo era la vida de los tramperos en el ártico?

Tras un viaje en barco a principios de verano, accedían a lo que se conocía como “estación base”; un refugio compartido por todos los cazadores que operaban en una zona determinada, y que además les servía de punto de encuentro. Desde allí tenían que adentrarse en solitario en tierras lejanas e inexploradas con la única compañía de unos perros; construir un pequeño refugio (por lo general a varios días de marcha) a base de troncos recogidos en la playa y disponerse a pasar casi un año en soledad y en total aislamiento, con unas temperaturas extremas y sabiendo que en caso de enfermedad o accidente nadie podría socorrerles y que sólo les echarían en falta si en el verano siguiente no acudían a la cita anual en el punto de encuentro acordado. Había que disponer de las provisiones necesarias para todo un año y vigilar su estado de conservación. Había que conseguir el combustible necesario (maderas recogidas en la playa y grasa animal) para mantener encendida la estufa y hacer de la pequeña cabaña un lugar medianamente habitable. Había que vivir constantemente con el rifle a mano para prevenir el ataque de un oso polar; se dice que incluso dormían con el arma en la cama, siempre cargada, conscientes de la fragilidad de sus refugios y de la posibilidad de ser atacados en cualquier momento por el gigante blanco. Está claro que la vida de los tramperos debió ser todo menos fácil y cómoda.
Acumulación de maderas y troncos en las playas de Svalbard, provenientes de los ríos siberianos.



Portando un arma de fuego, por lo general tenían todas las de ganar en el enfrentamiento con un oso. Pero también sabían que si por cualquier motivo el arma fallaba, se iban a dejar la vida. Y esto ocurrió más de una vez. En el museo de Svalbard puede verse un viejo rifle con una historia muy particular. Cuando su dueño no apareció, otros tramperos acudieron en su búsqueda, encontrando únicamente el arma con un cartucho encasquillado en la recámara. Esa vez el gran oso blanco se cobró su tributo.

Oso Polar.

Se sabe que los ingresos que obtenían no eran mayores que los de un minero, un pescador o el empleado de una factoría. Pero entonces ¿Que motivaba a estas personas a elegir semejante ocupación?


Según las opiniones vertidas en su momento por algunos de estos personajes, y las indagaciones realizadas con posterioridad por estudiosos del tema, las principales razones que les movían a llevar semejante tipo de vida eran el deseo de vivir a solas con la naturaleza, en completa libertad y sin más normas que las impuestas por uno mismo, alcanzar el sueño de perseguir la aventura en estado puro, y como no, siempre estaba la esperanza de una gran temporada de capturas que les hiciera ricos. Estas al parecer fueron las principales fuerzas que impulsaron a muchos hombres y a un buen número de mujeres a viajar al norte más salvaje y convertirse en tramperos. Hubo también quienes acudieron en busca de la propia soledad, incapaces de vivir y desenvolverse de forma conveniente en sociedad, e incluso quienes teniendo problemas con la justicia lo hicieron para huir de esta, conscientes de la falta de una autoridad en lugares tan remotos.
Zorro Ártico.

Zorros y Osos Polares eran las piezas más codiciadas por sus pieles, si bien una vez cazados era necesario un duro trabajo para despellejar y curtir estas. Focas y Morsas fueron también muy apreciadas tanto por el aprovechamiento de sus pieles como de su grasa, y en el caso de las últimas por sus colmillos. Los Renos eran otras piezas de interés, si bien sus pieles eran empleadas como abrigo por los propios tramperos y su carne como alimento junto a la de distintos tipos de aves. Los nidos de estas eran también apreciados, no sólo por la comida que suponían los huevos sino por el aprovechamiento del plumón como elemento de abrigo. Para capturar los zorros se empleaban trampas de madera; una especie de cajón con un cebo en su interior. Los osos en cambio fueron abatidos de diferentes formas: trampas provistas con un arma de fuego que se disparaba al retirar un cebo y les impactaba en la cabeza, otras trampas que atrapaban a los plantígrados por la cabeza, donde permanecían hasta que que el cazador acudía alertado por los perros, incluso cebos envenenados, aunque esta técnica fue enseguida prohibida por el gobierno noruego. Siempre que era posible los cachorros de oso eran capturados vivos para ser vendidos a zoológicos extranjeros a cambio de una buena suma.
Recreación del exterior de una cabaña de trampero. Se aprecian las pieles de zorro y un cachorro de oso encadenado, cuyo destino era un zoológico extranjero. Museo de Svalbard.


Recreación del interior de una cabaña de trampero. Museo de Svalbard.


Trampa para osos. Museo de Svalbard.


Otra curiosidad que caracterizó a los tramperos de Svalbard fue su particular forma de combatir el Escorbuto. Aunque la primera vez que se asoció a esta enfermedad con la carencia de Vitamina C fue a finales del siglo XVIII, por entonces las noticias no corrían como ahora, y hasta 1923 no se hizo manifiesta esa información en la zona, pero ellos venían eludiendo el mal desde mucho tiempo antes con el consumo de moras en conserva y sobre todo con la llamada “Hierba de Escorbuto” (Cochlearia officinalis), una planta de bajo porte perteneciente a la familia de las crucíferas que crece por gran parte de la costa noruega así como en algunas zonas de Svalbard, y que es rica en Vitamina C. A pesar de todo, el desconocimiento de la terrible enfermedad y de sus causas seguía siendo un misterio, y el miedo a contraerla siempre estaba ahí. Una prueba palpable es el relato escrito por el trampero Johan Hagerup en su diario en la temporada de 1900-1901: “Tenemos algo de miedo a que la vida diaria se vuelva demasiado tranquila, y que el escorbuto del diablo pueda hacernos una visita. Muchos rusos ya la recibieron antes. Hay suficientes esqueletos fuera de nuestra puerta”.
Oso Polar comiendo una Foca.
Reno.

Aunque la mayoría de los que acudieron a Svalbard para desempeñar el oficio de trampero fueron hombres que viajaron en solitario, algunos también estuvieron acompañados por sus familias. Uno de esos casos fue el de Wanny Woldstad, que además fue la primera mujer trampera en el archipiélago aunque no la única, pues el número de estas durante la que se conoce como época dorada (1890-1941) se cifra en el 6% del total. Tras la muerte de su esposo, Wanny trabajó como taxista en Tromso, y allí escuchó los relatos de algunos tramperos. Desde ese momento quedó atrapada por la magia del norte más salvaje y dejó su profesión para iniciar lo que sería la gran aventura de su vida. En 1932 y con la ayuda del trampero Anders Sæterdal, de quien aprendió el oficio, se convirtió en la primera mujer trampera de Svalbard. Delgada, de aspecto frágil y con una estatura de 1,57 cms, Wanny sorprendió a los tramperos más rudos y experimentados, que apostaban que abandonaría en cuanto pudiera. En los años siguientes no solo regresó, sino que lo hizo acompañada por sus dos hijos, que más adelante se convirtieron en experimentados cazadores.

Wanny Woldstad posando con dos osos abatidos. Imagen: Museo de Svalbard.

Las condiciones extremadamente duras propiciadas por el entorno y por la soledad hicieron que un buen número de soñadores abandonaran tras con una sola temporada, muchos de ellos sin apenas capturas y en pésimas condiciones físicas. Otros sin embargo repitieron, y algunos en numerosas ocasiones. El trampero que más temporadas ha permanecido en Svalbard es Harald Soleim, que llegó en 1977 y continúa en la zona de Kapp Wijk 39 años más tarde. Ahora las cosas son muy diferentes, y si nos remontamos a la época en que se cazaba sin restricciones, el auténtico rey del gran norte (o al menos el rey de Sassen, como era conocido en alusión a la zona donde se desenvolvió) fue Hilmar Nois, que permaneció allí 38 años entre 1909 y 1973, estando acompañado muchas de esas temporadas por su esposa Helfrid. En uno de sus diarios elaboró una lista de los suministros necesarios para un cazador durante un año, teniendo en cuenta según decía, la posibilidad de cazar renos, así como disponer de huevos y carne de perdices, gansos, patos y gaviotas. La lista que confeccionó es esta:
20 kg de harina
18 kg de margarina
5 kg de arroz

15 kg de harina de avena

5 kg smågryn
(esto no he conseguido traducirlo)
2 kg de café

1/2 kg de té

5 botellas de zumo

3 kg ciruelas

3 kg de pasas

50 kg de patatas

5 kg de patatas secas

diversas especias

12 latas de leche condensada

1 kg de leche en polvo

15 kg de jarabe

1 barril de leche agria (para evitar el escorbuto)

Hillmar Nois posando junto a su cabaña. Imagen: Museo de Svalbard.

Al final de sus días Hillmar no era un hombre rico, pero según dijo su vida había transcurrido en completa unión con la naturaleza y estuvo repleta de satisfacción.
Botes de madera abandonados. En su día fueron empleados para la caza de focas.


Por su parte los tramperos rusos también fueron frecuentes hasta la década de 1850. El más famoso de ellos fue Ivan Starostin con 39 inviernos a sus espaldas, de los cuales quince fueron de forma consecutiva.

Otro famoso trampero fue Arthur Oxaas, con 29 temporadas hasta que fue evacuado en 1941 junto a su mujer Anna y el resto de habitantes del archipiélago por temor a una invasión nazi. Conocido también por haber remado 280 millas para buscar a los miembros de la expedición de Johan Sivertsen a quienes encontró muertos.

Arthur Oxaas, Foto: Norsk Polarinstitutt.


En cuanto a las capturas, estas se contaron por miles. Uno de los mayores cazadores de osos polares en Svalbard fue Henry Rudi, que llegó a matar 750 osos, de ellos 115 en su mejor temporada. Rudi permaneció 25 temporadas en Svalbard, que sumadas a las 15 que estuvo en Groenlandia y la isla de Jan Mayen suman un total de 40; fue también un magnífico constructor de cabañas, y más adelante un gran número de cazadores usaron las edificaciones que él dejó.
Henry Rudi. Imagen: Museo de Svalbard.

Kyrre Reymert y Oddleif Moen han llevado a cabo un estudio de documentación sobre las cabañas de tramperos de Svalbard. Creen haber censado la totalidad de ellas, pero están abiertos a que puedan aparecer más registros. De las 317 estructuras documentadas, 100 cabañas han sido clasificadas como en buen estado y muchas de ellas están actualmente en servicio para casos de emergencia. Un total de 85 son ruinas que están a punto de desmoronarse y también hay 103 viviendas derruidas. Así mismo 29 de las cabañas que han descrito han desaparecido por completo y probablemente han acabado mar adentro.
Cabaña acondicionada como refugio.


Interior de la cabaña.

Para la construcción de las pequeñas edificaciones que les servían de vivienda los cazadores utilizaban aquello que tenían a mano y su creatividad fue inmensa. Las piezas básicas eran los troncos de coníferas amontonados en las playas. Siendo Svalbard un archipiélago despoblado de árboles resulta cuando menos curioso que allí acaben un gran número de troncos provenientes de los ríos Siberianos. También empleaban turba y musgos para cubrir toda la parte inferior y rellenar huecos. Aparte de estos elementos básicos, los tramperos traían consigo algunos elementos domésticos como ventanas, hornos, estufas, y por supuesto lonas, clavos y las herramientas necesarias para desarrollar el trabajo.
Cabaña semiderruida.



Restos de cabaña.

Según la ley noruega, todas las construcciones que datan de antes de 1946 están consideradas monumentos del patrimonio cultural, aunque algunas pueden ser utilizadas en situaciones de emergencia. En su interior se especifican las condiciones de uso, como eliminar todas las cenizas de las estufas antes de marcharse, no dejar alimentos, y asegurar las protecciones de ventanas y puertas para que estas permanezcan cerradas de forma segura. Su mantenimiento corre a cargo del gobierno noruego.
Aquí estamos en una de las rutas por tierra.

Ninguno de los tramperos que habitó en Svalbard se hizo rico. A lo sumo las riquezas se quedaron en manos de comerciantes de Tromso. Sin embargo estos personajes con su presencia constante en el archipiélago consiguieron algo muy importante; permitieron al gobierno noruego reivindicar la soberanía de esas tierras, y obtenerla en 1920 según lo acordado en el Tratado de Svalbard, que fue firmado por 39 países.
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