jueves, 2 de junio de 2016

Más relatos antárticos: La Expedición de Otto Nordenskjöld


Tenía preparada una segunda entrada sobre mi viaje a la Antártida, pero por razones que no vienen al caso, justo cuando iba a publicarla he decidido suspenderla, en principio de forma indefinida. Ello ha supuesto que tenga que recurrir a una nueva historia, que ha provocado el consiguiente retraso. Aclarado esto, vamos con una nueva aventura, basada en una historia, de las muchas que primero leí sobre la Antártida en los años que estuve soñando con el viaje y más tarde con su preparación, y otras las que tuve la ocasión de conocer durante el desarrollo del mismo.
Como indiqué en mi anterior entrada, es mi intención publicar aquí algunas de esas historias, acompañadas por imágenes que tomé durante mi viaje.

Caleta Cierva.


Aunque para la mayoría la aventura por excelencia es la que vivió la expedición de Shakelton hay otras menos conocidas pero igualmente impresionantes que ponen de manifiesto hasta donde puede llegar la resistencia y la determinación del ser humano. Pues bien, voy a relatar aquí una de las que me resultó más impresionante: la expedición del sueco Otto Nordenskjöld.
Este hombre fue un geólogo, geógrafo y explorador polar, que tras participar en viajes de exploración a lugares tan dispares como la Patagonia, Alaska y Canadá, lideró la expedición sueca a la Antártida que se llevó a cabo durante los años 1901-1904. ¡Tres años en la Antártida! Vamos a contar cómo fue la cosa.

Accediendo al Canal de Lemaire.


El viaje comenzó en Gotebord en Octubre de 1901. El geólogo Otto Nordenskjöld, que contaba entonces con 32 años, se embarcó en el buque Antartic junto a otros 6 científicos y doce perros de Alaska rumbo a Buenos Aires. El barco estaba preparado para soportar temperaturas bajas, pero no para los calores que tuvieron que soportar al atravesar las zonas tropicales, donde murieron diez de los doce perros. Ya en Argentina se les incorporó el alférez de la Armada de ese país José María Sobral, que participaría en la expedición. A cambio, el gobierno argentino les aprovisionó de carbón y víveres y se comprometió a participar en un eventual rescate en caso de emergencia. También se unió a la expedición el artista estadounidense Frank Wilbert Stokes.
El 21 de diciembre de 1901 el Antartic tomó rumbo a Stanley (Malvinas) donde llegó diez días más tarde. El objetivo era conseguir nuevos perros que sustituyeran a los que habían muerto por el calor. También se les unió un habitante de las Malvinas que se encargaría de los perros.
El 11 de Enero de 1902 llegaron a las islas Shetland del Sur, explorando algunas de ellas, y más tarde se dirigieron al hasta entonces conocido como estrecho de Orleans, que ellos descubrieron que no era tal, sino un estrechamiento que acababa cerrándose por completo. Cruzaron otro estrecho que bautizaron con el nombre de “Antartic” en homenaje a su barco y el 15 de Enero descubrieron una bahía que bautizaron como “Esperanza”, continuando por el mar de Weddel hasta la isla Paulet.


Isla del Diablo. Muy cerca de Paulet, donde tuvo lugar toda esta historia.


Después de otras exploraciones, el 9 de Febrero pusieron rumbo a la isla Cerro Nevado (Snow Hill), pero debido al abundante hielo tuvieron que desembarcar en la isla Paulet y continuar a través del hielo marino hasta la isla Cerro Nevado para instalar allí su campamento de invernada. Transportaban una cabaña de madera desmontada, así como abundantes provisiones y combustible para más de un año, además de todo el material necesario para realizar sus labores científicas. Mientras tanto el Antartic, al mando del capitán Larsen regresó al norte huyendo de los hielos. En su viaje a las Malvinas hicieron un rodeo para visitar Georgia del Sur. Allí Larsen eligió un sitio para instalar una futura estación de caza de ballenas, al que bautizó como Grytviken (Bahía de los Calderos) debido a que encontraron unos viejos calderos que habían sido usados por alguna expedición anterior para derretir grasa de focas y de elefantes marinos. El 28 de Febrero arribaron a las Malvinas donde el pintor Stokes abandonó la expedición.

Albatros de Ceja Negra.


El grupo de Otto Nordenskjöld trabajó afanosamente y en pocos días montaron la cabaña de madera, revistiéndola de láminas de cartón embreado. Sus dimensiones eran de 6,5 m de largo por 4m de ancho. Constaba de cuatro pequeñas habitaciones, tres como dormitorio (dos personas cada una), otra para la cocina y un espacio intermedio para ser utilizado como comedor y gabinete de trabajo. Tenía un altillo para guardar víveres y utensilios de trabajo. Disponía de doble puerta con un espacio entre ambas a modo de aislamiento. La cabaña dio muy buen resultado, haciendo medianamente confortable la estancia de aquellos hombres. En el interior disponían de una estufa de carbón más otra que encendían para cocinar. Sin embargo las temperaturas que registraron estuvieron con frecuencia por debajo del cero, aunque nada parecido a los -40º C. que registraron en el exterior. Entre sus muchas anotaciones, Nordenskjöld indicó que la cabaña había respondido bien a los envites del clima antártico, pero que si se volvía a emplear una construcción similar en próximas expediciones, esta sería aún más eficiente si estaba provista de doble pared, rellenando la cámara intermedia con aserrín. También aconsejaba que el suelo del altillo debería estar cubierto con una lona impermeable para evitar la “lluvia de compota” que ellos padecieron, al reventar por el frío los envases de vidrio que la contenían. Alrededor de la cabaña fueron construidas instalaciones para observaciones magnéticas y para los aparatos e instrumentos meteorológicos.

Imagen del refugio de la expedición, tomada en su momento.


En cuanto a las provisiones de agua, el lugar elegido les permitía recoger con facilidad hielo en un glaciar cercano que derretían sobre la estufa. Durante todo el otoñó e invierno antárticos realizaron trabajos meteorológicos, magnéticos, astronómicos, hidrográficos, biológicos y geológicos, así como expediciones sobre el hielo del mar a las islas vecinas y a la zona próxima de la península Antártica, región que luego se conocería como Costa Nordenskjöld, y que se extiende al suroeste de la isla, llegando hasta las proximidades del Círculo Polar Antártico. En esos recorridos llegaron a caminar más de 600 km por el hielo. Debieron tener muchos momentos de ocio que dedicaron a juegos de cartas, lectura y muchos momentos de charla. El que peor lo debió pasar fue el Alferez Sobral ya que no hablaba sueco, y al tiempo que ninguno de los suecos hablaba español.


Mapa de los recorridos sobre el hielo realizados por los exploradores suecos.


En Noviembre de 1902, el Antartic, capitaneado por Larsen regresaba de las islas Malvinas con la intención de recoger a los miembros del grupo. Previamente había enviado mensajes al Gobierno de Argentina y a las autoridades suecas sobre las rutas y campamentos planificados, y dejado las instrucciones necesarias para una eventual operación de rescate que debería organizarse si en abril de 1903 no hubieran regresado.

Ballena Franca


A medida que se aproximaban a a isla de Cerro Nevado empezaron a observar que había una gran cantidad de hielo que les bloqueba el paso, llegando a un punto en que el avance se hacía imposible. Continuaron haciendo intentos durante un mes momento en el que Larsen decidió enviar un pequeño grupo a bordo de un bote ballenero para que contactaran con Nordenskjold a fin de explicarle la situación y sugerirle el avance a través del hielo hacia un punto de unión con el barco mucho más al norte de lo previsto. Los tres integrantes del grupo fueron los marineros Andersson, Duse y Toralf Grunden, que llevaban un trineo y provisiones sólo para unos días.

Paisaje antártico en Portal Point.


Una vez desembarcados los tres hombres, Larsen continuó hasta el punto de encuentro, dando por hecho que estos llegarían a su destino en unos días. Sin embargo no fue así. Al día siguiente el pequeño grupo de contacto se topó con una franja de mar abierto, debiendo cruzarla con el bote. Cuando llegaron a tierra el terreno costero era rocoso y les era extremadamente dificultoso avanzar con la carga del trineo, motivo por el que decidieron regresar al barco. Al llegar, este había zarpado, dejándolos solos en el hielo. Volvieron a tierra donde tenían el trineo, y nada más llegar les sorprendió una enorme tempestad que duró varios días. Improvisaron un pequeño refugio junto a una roca, empleando piedras, así como el trineo y una lona como techo. Viendo que el contacto con el barco era imposible y que la cabaña de Nordenskjöld quedaba inaccesible para ellos, se plantearon invernar en aquél pequeño cubil. Sin provisiones, tuvieron que cazar cuantos pingüinos y focas pudieron, y enterrarlos bajo el hielo para que se conservaran. Comieron la carne de los animales y usaron su grasa para cocinar, durante un invierno que debió ser terrible. La temperatura en el interior del pequeño espacio en el que se hacinaban bajó con frecuencia de los -20º C.
Pingüinos de Adelia.

Por su parte el Antarctic, tras desembarcar a las tres personas que habían de llegar caminando sobre el hielo hasta la cabaña, había zarpado tratando de encontrar de nuevo un paso libre de hielo más al este de la península Antártica, que le permitiese llegar, dando un rodeo, a la isla Paulet. Ese intento resultó fatal, pues el barco quedó atrapado en el hielo el 12 de febrero. En ese momento estaban a unos 25 kms de la isla. Ante la imposibilidad de salvar la nave, Larsen dio la orden de abandonarla.
Lobo Marino y grupo de Pingüinos de Barbijo.

Los náufragos del Antarctic consiguieron llegar en pequeños botes a la isla Paulet en la que construyeron una cabaña usando piedras, y utilizando las pequeñas embarcaciones y el velamen como cubierta. Allí se refugió la tripulación del Antarctic (veinte hombres en total) desde febrero hasta noviembre de 1903. Apenas contaban con provisiones, por lo que tuvieron que recurrir también a los pingüinos que consiguieron cazar y a sus huevos, si querían sobrevivir durante el crudo invierno antártico.
Pollo de Pingüino Papua muerto sobre la nieve. Estas aves contribuyeron a la supervivencia de los expedicionarios.

La situación era trágica. Los expedicionarios quedaron divididos en tres grupos incomunicados entre sí. Nordenskjöld, sin noticias de fuera desde hacía dos años, todavía contaba con algunas provisiones, pero estas escaseaban, así como el combustible. Ellos también tuvieron que dedicarse a la caza a fin de complementar sus escasas vituallas con carne de pingüino y cocinar con grasa de foca. Su mayor temor era que el Antarctic hubiera podido naufragar justo después de dejarlos a ellos, en cuyo caso era difícil que acudiera una expedición de rescate, y en caso de hacerlo sería inútil, pues nadie conocía su ubicación exacta.
Ballena Jorobada.

Larsen y sus marineros se enfrentaban por primera vez al invierno antártico sin apenas recursos y hacinados en un pequeño refugio de piedra.
Y el grupo de los tres marineros en idéntica situación.
Después de varios meses de invernada, justo al comenzar el deshielo, Larsen intentó ponerse en contacto con el resto de sus compañeros, y el 9 de noviembre de 1903 llegó finalmente a isla Cerro Nevado.
Una de las cosas que más me impresionó en el viaje: los icebergs. Increíbles formas y colores hacen que su contemplación sea un deleite.

De repente, en medio de la blancura divisaron unas figuras negras que parecían moverse. Creyeron que se trataba de pingüinos, pero pronto vieron que eran demasiado grandes. Larsen utilizó sus prismáticos y pudo comprobar que eran personas. Unos tipos peludos, de aspecto completamente oscuro y vestidos con pieles de foca. La sorpresa fue mayúscula. Por aquellos años la Antártida se encontraba sin explorar y muchos teorizaban sobre los posibles habitantes nativos que pudiera haber en aquellas tierras. Si en el polo norte existían poblaciones de esquimales ¿Como serían los pobladores de la Antártida? Larsen creyó ser el protagonista de aquél primer encuentro con una nueva civilización y se preparó para tan solemne acontecimiento. Sin embargo, cuando estuvieron frente a frente la sorpresa fue aún mayor; aquellos tipos de pelos y barbas largos y enmarañados, tez oscura y ataviados con pieles, ¡hablaban sueco! El misterio se desveló enseguida. Los tres hombres no eran habitantes de la Antártida, aunque llevaban meses sobreviviendo allí. Eran los marineros Andersson, Duse y Toralf Grunden, encargados de contactar con Nordenskjöld. A pesar de la precariedad y las penurias que unos y otros sufrían, la alegría del encuentro subió el ánimo de unos y otros y les dio nuevas fuerzas para continuar.
Imágenes de los tres supervivientes al poco de llegar a la cabaña, ya sin pieles de foca, pero conservando el aspecto que tenían.



En Cerro Nevado habían de pasar el invierno Nordenskjöld, el meteorólogo Gösta Bodman, el marinero Gustav Akerlund, y el alférez argentino Sobral.
Desde el ambiente confortable que ofrecen los barcos que hoy se aventuran por estos lugares, si uno se para a pensar en situaciones como la que aquí describo, termina llegando a la conclusión de lo insignificantes que somos ante la naturaleza extrema.

A miles de kilómetros de allí, había gente que estaba preocupada por la expedición, así como por los marineros que tenían que recogerlos. La falta de noticias sobre Nordenskjöld y Larsen movilizó a suecos, y argentinos para organizar una expedición de rescate. Los franceses también se mostraron dispuestos a participar en ella. Finalmente el 8 de octubre de 1903 la corbeta argentina Uruguay al mando del capitán Irízar zarpó desde Buenos Aires y12 días después alcanzó Ushuaia. Allí permaneció hasta el 1 de noviembre en espera de otras dos expediciones organizadas para el rescate, enviadas por Suecia y francia, que no llegaban. Irízar no quiso esperar más y la Uruguay zarpó de Ushuaia; pocos días más tarde navegaba a corta distancia de la isla Paulet, sin saber que allí estaban los náufragos del Antarctic, a quienes sin saberlo, dejaron a corta distancia. La travesía a Cerro Nevado fue rápida y sin contratiempos; el 8 de noviembre se produjo el encuentro con la expedición científica de Nordenskjöld, que continuaban esperando al Antarctic.
Elefantes Marinos.

Los argentinos informaron a los suecos de la situación. Habían llegado a rescatarlos porque no había noticias del Antartic, que presumiblemente había naufragado. La decepción y los malos momentos finalizaron al día siguiente, cuando en el campamento se presentó el capitán Larsen y seis tripulantes del Antarctic.
Con excepción de un marinero que murió debido a problemas cardiacos, todos habían sobrevivido al invierno antártico en improvisados refugios de piedra. Poco después, la Uruguay ponía proa hacia la isla Paulet, recogía al resto de náufragos del Antartic y emprendía el regreso hacia tierras argentinas, poniendo fin a la odisea.


lunes, 4 de abril de 2016

Historias Antárticas (Primera Parte: Llegada a Isla del rey Jorge)

Comienzo aquí una serie de entradas sobre mi reciente visita a la Antártida e Islas Malvinas. Hay mucho que contar y mucho que mostrar. Por tanto, a quien le apetezca, aquí tendrá material, que espero renovar cada diez-quince días.

Mi llegada al continente austral comenzó por la Isla del Rey Jorge (Isla 25 de Mayo para los argentinos). Este lugar cuenta con un clima bastante propicio para la presencia humana (siempre en comparación con el resto) lo que ha hecho que desde hace bastante tiempo se hayan establecido allí un considerable número de bases (en la actualidad existen hasta 13 bases y refugios pertenecientes a distintos países). Una de esas bases es la chilena “Presidente Eduardo Frei” (base Frei), que está gestionada por la Fuerza Aérea de Chile y cuenta con una pista de aterrizaje.
Este viejo avión está cerca del extremo norte de la pista, y es usado como almacén.

Cuando digo una pista de aterrizaje no me estoy refiriendo a una pista asfaltada de las que acostumbramos a ver en los aeropuertos convencionales; esta es una pista a base de tierra y sobre todo de pequeñas rocas, y hasta con una visible inclinación en buena parte de su recorrido. Como una de esas pistas o caminos rurales por las que a veces conducimos un vehículo sin pasar de 60 kms/h., pero mucho más ancha y de apenas 1 km de largo. Pues bien, en esa pista aterrizan aviones de carga con suministros, y es también utilizada por algunas empresas de turismo antártico para trasladar pasajeros evitando el famoso “pasaje Drake” y sus “mareantes y vomitivas” repercusiones. Ello supone un precio mucho mayor que el habitual, pero un buen número de personas lo elige. En mi caso el precio “last minute” era similar, y ofrecía dos días más del expedición, así es que me apunté a esta opción sin pensarlo.

Vista parcial de base Frei desde la pista de aterrizaje.

La base Frei está situada en la parte occidental de la isla. A pocos metros está otra base chilena; parece que es un todo sin división alguna, pero existe una diferencia en tanto a que esta otra es científica y está gestionada por el Instituto Antárticos Chileno (su nombre es base “Julio Escudero”). Y por si fuera poco, hay otra base a pocos metros de ambas, en concreto la rusa “Bellingshausen”, nombre con el que los rusos homenajean al almirante del mismo apellido que exploró la zona por encargo del Zar Alejandro I allá por el año 1.819. Es una de las cinco bases permanentes que Rusia tiene en la Antártida (más otras cinco de verano), y entre ellos es conocida con nombres como “el balneario”, “la sauna” o “el lugar de veraneo”, debido a la relativa bonanza del clima (-2º C. de temperatura media y más de 10º C durante los meses de verano) en comparación con el de otras bases continentales donde se registran hasta -88º C. (base de Vostok). Si alguien ha leído hasta aquí puede pensar que me estoy enrollando con los rusos, y no le falta razón. El motivo es contar la primera de las historias antárticas que aquí inicio. Mi informante fue un mecánico chileno jubilado, afincado en Punta Arenas, que días atrás me había contado la historia que él asegura haber vivido en persona, cuando en su juventud era un encargado de mantenimiento de motores en base Frei.
Acceso a la base Bellingshausen.

Resulta que a principios de los años setenta, con el gobierno socialista de Allende en Chile, la relación entre rusos y chilenos vivía un momento de gloria. Un pequeño riachuelo (bautizado por los rusos con el nombre “pequeño Volga”) separa ambas bases; cuando digo pequeño, es porque en verano que es cuando corre, se cruza de un salto por algunos puntos y durante el invierno está congelado. Pues bien, en aquella época el pequeño Volga era cruzado a diario por unos y otros, en lo que se podía considerar como un hermanamiento notorio. Así continuaron las cosas durante unos años hasta que en septiembre de 1973 se produjo en Chile el golpe de estado, que originó la dictadura del general Pinochet y un radical giro a la derecha. En esas circunstancias, tanto rusos como chilenos recibieron órdenes expresas de evitar confraternizar con quienes ahora eran enemigos. Unos y otros no entendían bien por qué en un lugar remoto como aquél, en teoría dedicado a la ciencia y a la paz, tenían que atenerse a las mismas normas que en sus respectivos países, pero los militares tenían la obligación de acatar las órdenes sin rechistar, y los científicos al parecer asumieron e imitaron el comportamiento de los primeros como el más correcto y adecuado. Y así estuvieron durante más de un año aquellos vecinos, separados por unos metros y sin dirigirse la palabra. Hasta que en pleno invierno del año siguiente, cuando los chilenos estaban dedicados a sus tareas dentro de sus módulos (al parecer el tiempo no permitía trabajar fuera) se escucharon unos golpes en la puerta de uno de esos módulos. Sorprendidos, un par de chilenos acudieron a ver qué pasaba, y su sorpresa fue aún mayor al encontrarse con un tipo cubierto por una sábana blanca. Para mayor estupefacción de los científicos chilenos, el hombre levantó la sábana y mostró una botella de vodka. La conversación entre unos y otros, que mi informante conoció de oídas fue algo así:
¿Pero qué haces aquí ruso? ¿No te das cuenta que te van a castigar cuando te vean? ¡Anda, márchate rápido!
No pueden castigarme porque nadie me puede ver. Soy un fantasma, y por tanto soy invisible.
Los chilenos pasaron un momento de incredulidad y estupefacción ante lo que estaban presenciando y escuchando, pero al final no pudieron evitar reír a carcajadas e invitar al ruso al interior del módulo, donde compartieron el contenido de la botella. Habida cuenta de la actitud que había mostrado aquél ruso, es muy probable que la botella estuviera medio vacía, aunque también podía estar llena y ser la segunda que aquél individuo había agarrado entre sus manos aquél día. En ese primer acercamiento sólo participaron tres sorprendidos chilenos, pero cuando estos informaron a sus compañeros de lo ocurrido, todos mostraron su interés por haber querido participar en el encuentro… “hombreee, haber avisado”.
Una versión del fantasma ruso. La foto no es mía.

Una nueva visita del “fantasma ruso” se produjo pocos días después; la voz se corrió rápidamente, y esto hizo que el ruso bajo la sábana fuera recibido en aquella ocasión por la mayoría de los habitantes de “base Frei” y “Julio Escudero”. El aislamiento de aquellos hombres en medio del rigor del invierno antártico hacía que cualquier cosa que saliera de la rutina normal fuera bienvenida y hasta festejada, y aquella visita desde luego se salía de lo normal.
Esta foca Wedel puso esa cara al ver pasar "el fantasma".

Días después se esperaba de forma ansiosa la visita del fantasma, cuando uno de aquellos chilenos decidió que por qué esperar y se plantó en Bellingshausen, donde fue recibido con alborozo (al parecer los rusos ya estaban bastante “contentos” cuando se presentó el chileno), y su llegada fue motivo para continuar la fiesta unas horas más.
Skúa dándose un baño después de la fiesta.

A partir de entonces las visitas entre los miembros de una y otra base se hicieron cada vez más frecuentes, … y las fiestas compartidas también; como los que habían dado las órdenes de no confraternizar estaban a miles de kilómetros y no sabían nada de lo que estaba ocurriendo allí, se perdió el temor a posibles broncas, castigos o represalias y se volvió a un hermanamiento similar al que hubo un tiempo atrás.
Y este Pingüino Papua buscó refugio en el mar; se le ve cierta cara de trauma.

Con la llegada de la primavera, llegaron también buques de aprovisionamiento de los dos países, cuyos ocupantes se sorprendieron ante la nueva situación, pues a nadie se le ocurrió disimular, pero ninguno de los recién llegados puso el grito en el cielo por lo que veía. Mas bien debieron comprender que las normas en aquella parte del mundo, donde uno está sujeto al rigor de un clima extremo y al frágil estado de ánimo producido por el aislamiento más absoluto, son un caso aparte, y hay que tomarlas como el vodka, cuándo y como a uno le apetezcan.
En cambio este Lobo de Dos Pelos parece que terminó entonando algunos cánticos.

Ni que decir tiene que con el tiempo ambos países fueron sufriendo profundos cambios hasta llegar a lo que son ahora, y que en la Isla del Rey Jorge continúa reinando un clima de hermanamiento y colaboración entre Rusos y Chilenos.
Primeros pasos en la Antártida. Aquí se ve cómo es la pista.

Y volviendo a mi historia personal, una vez bajamos el avión, la primera vez que pusimos los pies en la Antártida, resultó un tanto extraño, pues lo hicimos en unas cubetas con desinfectante; siguiendo las normas del Tratado Antártico, hay que evitar cualquier tipo de contaminación, y las normas se cumplen bastante bien. Ya hablaré otro día sobre esto. A partir de ese momento teníamos por delante una caminata de algo más de dos kilómetros hasta una playa llena de guijarros en la bahía Fildes, junto a la península del mismo nombre, desde donde seríamos trasladados en zodiacs hasta nuestro barco, el “Sea Adventurer”, para iniciar el recorrido antártico. Y esa caminata, lejos de ser un inconveniente, o una dificultad necesaria, como se nos presentaba en la charla del día anterior, fue un recorrido espléndido, donde el primer contacto con la Antártida se manifestaba en la baja temperatura (-3º C.) pero atenuada por un sol radiante, y donde podían verse Pingüinos Papúa, Gaviotas Cocineras o Skúas en medio de un lugar salvaje pero donde el hombre estaba dejando su impronta desde hacía décadas.
Totem de direcciones de base Frei.

Nos habían pedido que no fotografiáramos las instalaciones militares chilenas, pero era inevitable una instantánea desde lejos, y sobre todo ante el primer tótem con múltiples direcciones de base Frei. Muy cerca de allí, sobre un promontorio, se veía la iglesia ortodoxa rusa de Santa Trinidad, la mayor de la Antártida, construida íntegramente de madera en alguna parte de Siberia y trasladada hasta allí en piezas.
Iglesia ortodoxa rusa de Santa Trinidad.

El recorrido finalizaba junto a “Villa Las Estrellas”, que nada tiene que ver con el pueblo ruso del mismo nombre, donde los cosmonautas de aquél país realizan sus entrenamientos. Esta villa es una parte de base Frei, en concreto el núcleo donde reside la población civil chilena, es decir, los familiares de algunos de los militares destinados en base Frei. Cuenta con escuela, oficina de registro civil, correos, banco, biblioteca pública, iglesia y un pequeño hospital. Aquí sí que permitían hacer todas las fotos que uno quisiera. No es que los edificios civiles sean menos importantes, es que interesa dar a conocer el hecho de tener población civil viviendo allí, como si de un pueblo más se tratase, en ese empeño por reivindicar la Antártida como parte del territorio nacional chileno.
Termina aquí el primer relato antártico, pero habrá otros más muy pronto, y con muchas más imágenes de fauna y paisajes, como algunos me piden. Paciencia. Queda mucho por contar. Hasta pronto.
Hacia el barco, que sería nuestra vivienda durante algo más de dos semanas.

viernes, 11 de diciembre de 2015

GR-115. Una ruta para conocer La Serena

El GR-115 es una ruta de casi 100 kms que atraviesa la comarca de La Serena de Este a Oeste y en la que podemos disfrutar de todos los ecosistemas naturales presentes en esta comarca, así como de su incomparable riqueza histórica.
Comienza en la localidad de Capilla, una pequeña villa que linda con la provincia de Ciudad Real, y que cuenta con uno de los castillos más antiguos de toda la comarca, y desde luego el mejor conservado.

Siguiendo hacia el Oeste nos encontramos una elevada cumbre rocosa: el Peñón del Pez; muy cerca está el castro del mismo nombre. En la actualidad su mayor importancia radica en la rica comunidad faunística que alberga, con numerosas rapaces entre las que destaca el Halcón Peregrino,la Cigüeña Negra o el Águila Real.

Muy cerca está la localidad de Peñalsordo. Aquí se encuentra el museo de “La Octava del Corpus” donde el viajero puede obtener información sobre este pueblo y su historia.
Desde Peñalsordo nos internamos a través de las sierras del Torozo y Las Cabras en dirección a Cabeza del Buey. Este recorrido serrano transcurre por lugares de singular belleza a través de Jaras, Brezos, Escobas y Cantuesos, sobre los que se elevan numerosos pies de Encina y Alcornoque, si bien en algunas zonas la vegetación mediterránea autóctona ha sido sustituida por plantaciones de pinos.

La sierra de Las Cabras da cobijo a una importante colonia de Buitres Leonados y una pareja de Alimoches. Muy cerca, la antigua estación ferroviaria de Las Cabras se mantiene en pie como recuerdo de una época en la que la vida rural era predominante.

En Cabeza del Buey podemos ver numerosos edificios de gran esplendor, tanto religiosos (ermitas e iglesias) como seglares, siendo las casas solariegas el principal ejemplo. Existe también un museo sobre el abundante arte rupestre presente en toda la zona.
Siguiendo hacia el Oeste pasamos junto a la vieja estación ferroviaria de Almorchón, antiguo nudo de comunicación con Córdoba, y que en el pasado gozó de gran esplendor. Muy cerca están el Castillo de Almorchón, y también de la Ermita de Belén, santuario del siglo XIII, cuyo recinto es ideal para el descanso, existiendo en el edificio un hotel rural.

Con la sierra de Tiros siempre a la izquierda, continúa el recorrido en dirección hacia Castuera. El paisaje es variado, con la ladera de sierra a un lado y la inmensa zona esteparia de La Serena al otro.

La fauna que podemos ver es igualmente variada, desde aves típicamente de sierra hasta otras de dehesa, y por supuesto de los llanos desarbolados que se extienden hacia el norte. Son estos los territorios de Avutardas, Sisones, Aguiluchos, Gangas, Ortegas, Canasteras, Calandrias, …

Llegamos a un collado en la sierra. Puerto Mejoral. Es una zona que permite el paso con facilidad, y por ello ha sido usada desde muy antiguo por varias civilizaciones, que han dejado sus huellas en los restos de una vieja muralla. Hoy es especialmente conocido por la facilidad para observar las Grullas en sus tránsitos diarios entre las dehesas situadas al sur de este punto, en las que estas aves se alimentan, y los arroyos y embalses situados al norte, donde pernoctan. Los tránsitos diarios, a primera y última hora, suponen uno de esos espectáculos naturales que no debemos perdernos.

Continuamos junto al último tramo de la Sierra de Tiros, y poco más adelante observamos el tercer castillo de nuestra ruta, acompañado por algunas edificaciones actuales. Se trata Benquerencia de la Serena, un pueblecito ubicado en plena ladera de sierra, donde el espacio se aprovecha al máximo realizando escalonamientos y terrazas.
Llegamos a Castuera, el pueblo más grande de esta comarca y donde el terreno se abre en todas direcciones.
Castuera cuenta con lugares de interés como el barrio del Cerrillo o la iglesia parroquial creada por la Orden de Alcántara. Otros lugares de interés son el Museo del Turrón y el Centro de Interpretación de la Naturaleza de la ZEPA de La Serena y Sierras Periféricas, o el Salón del Ovino de La Serena. También pueden degustarse sus famosos embutidos y quesos de oveja.

Siguiendo hacia el Oeste, nos adentramos en la vereda conocida como “Senda del Rey”, antigua ruta de transhumancia por la que hoy se mueven agricultores, senderistas y algunos ornitólogos, pues la primera parte de este tramo transcurre entre dehesas en las que además de disfrutar de bellos paisajes pueden verse aves de gran importancia como Aguila Calzada, Milano Negro y Elanio Azul, aunque sin duda el personaje estrella sean las Grullas, que durante la época invernal conforman grandes grupos en busca de bellotas de las que alimentarse.

Las dehesas dan paso de nuevo a terrenos abiertos, aunque en esta ocasión entre un extenso retamar. Atravesamos en ferrocarril en dirección hacia Campanario, y pocos metros más adelante pueden verse numerosos nidos de Cigüeña Blanca sobre eucaliptos.
Campanario. En este pueblo se encuentran varios palacios señoriales y casas nobiliarias de los siglos XVI al XVIII, entre los que destaca la Casa de los Diablos. Varios kilómetros al norte del pueblo está la Ermita de Piedraescrita, a donde toda la localidad acude en romería cada año para celebrar el Lunes de Pascua.
La ruta hacia el Oeste continúa por terrenos abiertos dedicados a la agricultura y la ganadería. Cruzamos el arroyo del Molar dejando a nuestra derecha una vieja presa de origen romano en cuya cuenca se forma un microhábitat ideal para aves acuáticas, anfibios y reptiles.
Más adelante llegamos al asentamiento de La Mata, un edificio protohistórico del siglo VI a. C.
Desde lejos podemos ver nuestro nuevo destino bien a la vista: Magacela.  Antes de llegar pasamos junto a viejas minas de cal, en las que pueden apreciarse viejos hornos de leña.

Magacela es un bonito y peculiar pueblo que se extiende por por la ladera de una sierra rocosa. En la cumbre se haya el cuarto castillo de nuestra ruta, y más adelante un grupo de pinturas rupestres, que sin embargo no son los únicos vestigios de la presencia humana desde muy antiguo, pues también existe un Dolmen de considerables dimensiones en la parte baja del pueblo. Esta localidad tiene una larga historia que ha quedado impregnada en sus construcciones, algunas de las cuales trepan por la ladera rocosa con la intención de ganar espacio donde apenas lo hay.
El recorrido continúa hacia el Oeste por la ladera de la sierra, dejando a nuestra derecha zonas abiertas dedicadas a la agricultura. Por fin tenemos delante la localidad de La Haba, que será el final del trayecto. Si comenzamos en zonas de sierra, ahora terminamos en espacios llanos carentes de vegetación arbórea y dedicados a la actividad agrícola. Las parcelaciones existentes hacen posible un mosaico de diferentes especies de cultivos mezclados con zonas de posío y barbecho, que dan lugar a una rica comunidad biológica. Es terreno de aves esteparias, en especial del Aguilucho Cenizo.

Toda la información recogida en esta entrada está publicada en el libro "Rutas para descubrir Extremadura", donde además se encuentran un gran número de excelentes artículos para conocer a fondo la región extremeña.




Web de la Dirección General de Turismo: http://www.turismoextremadura.com/

sábado, 10 de octubre de 2015

Mi nuevo libro: "Tierra de Dehesas, Extremadura"

Acaba de salir mi último libro, que trata sobre las dehesas del suroeste ibérico, y especialmente de Extremadura.
En él trato temas como el origen y la formación de las dehesas, las características de este ecosistema, su riqueza biológica, aprovechamientos y perspectivas de futuro.
Está ilustrado con gran cantidad de imágenes tanto de paisajes como de flora, insectos, mamíferos y aves.
Ha sido editado por ANSER, con el patrocinio de GESPESA y estará destinado a labores de educación ambiental. Van algunas de esas imágenes. Más información fotos en facebook y por supuesto en mi web: www.bionaturfoto.es











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